viernes, 5 de agosto de 2016

Review: Harry Potter and the Cursed Child


Sí, Harry Potter and the Cursed Child está disponible y a la venta (al menos en inglés) y aquí su servilleta como toda buena potterhead (que no sabía cuando lo estrenaban en español) corrió el día del estreno y se fue a comprarlo y leerlo y disfrutarlo y ahora les traigo una pequeña reseña, en la que intentaré no poner spoilers. So, a lo que te truje chencha. 



DATOS DEL LIBRO: 
Título: Harry Potter and the Cursed Child, parts one and two (Special rehersal edition)
Autor: Jack Thorne & John Tiffany
Casa Editorial: Scholastic, Inc. 
Fecha de publicación: 31 de Julio de 2016
Páginas: 320
Edición de pasta dura aquí costo: $399.00 (pesos mexicanos)
Edición kinddle aquí costo: $249.00 (pesos mexicanos)


Bien, primero que nada y supongo que si leyeron la descripción del libro en algún lado, sabrán ya que esta historia, que es considerada la octava parte de la saga de "El niño que sobrevivió", es en realidad una obra de teatro que se estrenó el día 30 de Julio del 2016 en el Palace Theater de Londres y, como se preveía, los boletos se agotaron algunos minutos después de ser puestos a la venta. 


Lo que estamos leyendo es el guión original de la obra, que no fue escrito por J. K. Rowling sino por Jack Thorne (un reconocido guionista inglés de teatro y televisión). La historia fue originalmente idea de Rowling pero ella le cedió la pluma (¿captaron?... pluma) a Thorne y John Tiffany (director de teatro) y se encargó de supervisar que las cosas quedaran más o menos con su estilo y a su gusto; aun así es bien claro que no fue nuestra querida J.K. quién lo escribió, pero es una nueva historia de Harry, Ron y Hermione; y sí Snape y yo aprobamos la idea. 

La descripción del libro dice además: 


"Siempre fue difícil ser Harry Potter y las cosas no se han vuelto más sencillas ahora que él es un empleado del Ministerio de Magia lleno de trabajo, esposo y padre de tres hijos en edad escolar.
Mientras Harry lidia con un pasado que se niega a quedarse en su lugar, Albus, su hijo más pequeño debe luchar con el legado de su familia. Cuando pasado y presente colisionan, padre e hijo deberán aprender una verdad incómoda: en ocasiones, la oscuridad proviene de los lugares más inesperados". 

Sí mi querido Dumbly-Dumbly-Dumbledore, yo también me puse a fangirlear a lo bestia. Y es que, después de nueve años (¡madre! me sentí vieja) desde la publicación de Las Reliquias de la Muerte, y uno desde la última vez que releí los siete libros, el cuerpo entra en abstinencia y ver las películas no siempre ayuda. 

The cursed child, que será traducido en español como "El legado maldito", nos lleva de nuevo al Wizarding World, al mismo momento en el que nos dejó el epílogo de Las Reliquias, diecinueve años después de la batalla de Hogwarts cuando Harry y Ginny van a dejar a sus hijos al anden 19 3/4 para que Albus Severus (pobre-criatura-tu-nombre-te-autoriza-traumas) Potter comience su primer año en la escuela de magia que jamás me mandó mi carta de aceptación (Gandalf aún te espero pa' mis 40). 

Entonces vemos a nuestros más queridos personajes, Harry, Ron, Hermione..., y Draco, acompañando a sus niños para que vayan a educarse y hacer magia. Y leemos también la bella conversación entre Harry y Al, en la que nuestro héroe le confiesa a su hijo que el Sombrero Seleccionador siempre toma en cuenta la elección del niño para colocarlo en una casa, y que él se sentiría igualmente orgulloso si su hijo fuera un Slytherin porque uno de los hombres a los que más admira, Severus Snape, fue un Slytherin. 

Una de las primeras sorpresas que nos llevamos es que Albus y Scorpius (el hijo de Draco) se vuelven amigo, excelentes amigos, los mejores (aunque Rose, la hija de Ron y Hermione no esté de acuerdo). Y otra de las grandes llega después de que el Sombrero dice "ahora úsame y descubrirás a que casa pertenecerás". 

El pobre Albus es algo así como la ovejita negra de la familia, poco brillante, problemático y popular por todas las razones equivocadas; y Scorpius (me permiten decirles que adoré a Scorpius), a diferencia de su padre es brillante y tiene también un tipo de popularidad que no le agrada en absoluto. 

Ok, lo pensé mejor y no puedo escribir sin spoilers así que de aquí en adelante vendrán. Entonces, SPOILER ALERT!!! 

Supongo que ya todos lo dedujeron, sí Albus Severus es enviado a la casa de Slytherin y obviamente, siendo un Potter esa selección da muchísimo de que hablar porque: "OMG! ¿Cómo puede un Potter no ser un Gryffindor?" y al pobre niño eso lo atormenta. Es por eso que su mejor amigo es Scorpius Malfoy, otro inadaptado que carga los rumores de su nacimiento, la gente cree que es hijo del señor oscuro. Entonces dos inadaptados y rechazados sociales se vuelven amigos. Las cosas se ponen interesantes cuando Amos Diggory llega a la casa de los Potter pidiendo que le permitan utilizar un giratiempo para regresar al pasado y salvar la vida de su hijo Cedric (el guapo, no el vampiro brillosito), y Al lo escucha todo y conoce a Delphi, la sobrina de Amos que se vuelve su amiga y propone robar un giratiempo. 

Las aventuras comienzan, los chicos consiguen un aparato que les permite regresar años en el tiempo y comienzan un baile entre pasado y presente en el que se dan cuenta de que cualquier cambio que hagan en la historia tendrá fuertes consecuencias en sus vidas actuales, el más recurrente: Ron y Hermione no se casan, ni tienen hijos, pero secretamente se adoran con el corazón (me los como). Así, Albus y Scorpius regresan al torneo de los tres magos para intentar evitar que Cedric llegué al traslados junto con Harry y así sobreviva, pero las cosas no salen como querían, al grado de hacer que en uno de los viajes de vuelta consiguen que uno de los dos no nazca, por ello deben regresar a corregir sus errores. 

En uno de estos viajes leí una de las más entrañables conversaciones con Snape y lo adoré aún más. 

Algo que me gustó mucho, además de este constante brincoteo en el tiempo, fue la forma en la que Harry y Draco adultos encuentran un punto en común que los hace mostrarle al otro que en realidad no son tan diferentes entre ellos y que de no haber sido por los prejuicios que tuvieron cuando eran niños pudieron incluso llegar a ser buenos amigos, y solucionar esto: "es excepcionalmente solitario ser Draco Malfoy". 

La relación rota entre padres e hijos es también interesante, en un par de ocasiones quise entrar al libro y darle un par de sapes a Harry por ser tan bruto y a Al por malcriado. 

La sorpresa más grande se siente desde el inicio, cuando aparece Delphi, pero esa no se las voy a contar y voy a dejar que la disfruten cuando la lean, porque vale la pena.  

SPOILER ALERT OUT!!!

Esta historia, que es cortita, en formato teatral y super fácil de leer, no tiene la calidad de las siete anteriores, es menos profunda, menos oscura y tiene un sabor a FanFiction muy paladeable, pero es buena, es divertida y es una genial opción para alejarnos un poco del mundo Muggle y volver a soñar con la posibilidad de tener magia en nuestro interior (que me permitiría lanzar un Sectumsempra a una que otra persona), hacer hechizos, pociones y simple y sencillamente entrar aun mundo fantástico que nos ayudó a crecer aferrándonos a la idea de que aunque el mal y la oscuridad nos rodeen, la familia, los amigos y nuestro hogar siempre nos ayudarán a sanar nuestras almas y ser felices. 

Así que ya, fin. 

Y a Harry Potter and the Cursed Child le doy: 


Pero por llevarme de nuevo al Wizarding World, le concedo un Hedwig de oro (le daría un calcetín viejo pero no quiero que sea un Elfo libre): 



y ya, adiós. 




P.S. El estreno en español de Harry Potter y el Legado Maldito, está programado para el mes de Septiembre y correrá a cargo de Editorial Salamandra ;)

martes, 1 de diciembre de 2015

Experiencia Cubana en Italia.

Hace algunos meses, un tipo que al inicio me pareció muy interesante pero que resultó ser un poco particular (por no decir “un po’ stronzo”) me mencionó un tema de esos esotéricos que primero te hacen reír y soltar varios “ay sí ajá”, y después dices “¿pus que tanto daño puede hacer?”.

El tema, del que no recuerdo siquiera el nombre, en síntesis decía que el universo, la vida, Dios, o quien quiera que esté allá arriba (o allá abajo, o aquí al lado, o dónde sea) cuidando de ti, generalmente pregunta: “¿qué es lo que quieres que haga por ti?”, y nosotros siendo tan brillantes como somos pocas veces sabemos contestar, principalmente porque estamos distraídos y dejamos que el momento pase, o porque simple y sencillamente no sabemos bien a bien qué es lo que queremos o qué nos hace falta.

Entonces, para estar mejor preparados, el tipo que exponía el tema, sugería hacer una lista de (si mal no recuerdo) cien cosas que quieres, para que cuando la vida pase cerca de ti y comience a preguntar “¿qué es…?”, tú ya tengas la respuesta lista. El monito este decía: “pide, pide tanto como puedas. Pide cosas locas, pide cosas que de verdad necesites, no te canses de pedir, porque la vida está completamente dispuesta a conceder tus más profundos deseos. Pero ten cuidado al estructurar las frases, mete siempre el “yo quiero” y sé muy claro, porque la vida también puede ser un poco ojete e interpretar las cosas a como se le dé su regalada gana. Haz frases cortas que se puedan decir con una sola exhalación y sigue pidiendo”.

Tons, yo, siendo tan buena niña agarré un diario que tengo en el que escribo cada vez que se muere un Papa y entre una idea y otra, comencé a pedir; y después de unos cuantos meses mis pedidos (que son solo como cuarenta porque es bien complicado eso de saber qué carajos quieres), llámenlo coincidencia o casualidad o predisposición, han comenzado a concretizarse. Algunos de mis deseos más locos (eso es lo más genial de todo) han empezado a suceder, de forma inesperada y sorprendente.

Recuerdo que hace algunos años algo similar me sucedió. Encontré un trabajo de esos de oficina que te roban el alma, y todos los días el pensamiento más recurrente que me venía a la mente era: “quiero un trabajo que me permita viajar a lugares interesantes y geniales”, entonces la vida me dio lo que le había pedido (a su modo). Cambié de trabajo, comencé a supervisar obra, y un día me encontré disfrutando de un delicioso café de olla en un pintoresco pueblito chiapaneco perdido en un cerro (allá por casa de la chingada) y díjeme: “¡bueno está por andar pidiendo viajes!”.

Aún así, aquella loca idea se ha mantenido en mi cerebro: encontrar un trabajo que me permita viajar y descubrir nuevos lugares, nuevas culturas, nuevas cosas que me sorprendan y me hagan emocionar hasta las lágrimas…, ese ha sido mi sueño dorado por muchos años. Y aparentemente en estos meses tuve la posibilidad de estructurar mejor mi pedido.

Una de las cosas que más satisfacción me ha dado durante mi estancia en Italia, fue ser contactada por una importante institución italiana para ayudarles a traducir del italiano al español, para un grupo de restauradores cubanos que venían a hacer unos cursos de capacitación de este lado del charco.

Al inicio me dijeron que serían dos semanas, luego tres, y así hasta que llegamos a cinco; serían tres grupos distintos y yo los acompañaría y traduciría para ellos en las visitas que hicieran. El programa me pareció interesante, los morlacos nada despreciables, y además de uno que otro desacuerdo con la gente de mi escuela (justo es recordar que soy estudiante de nuevo), todo se pudo acomodar de forma bastante sencilla.

Así que nada, un lunes 26 de octubre de 2015 tempranito por la mañana tomé un tren para estar en Roma a las 9:00 am en las oficinas del Instituto Italo-Latinoamericano y comenzar con el programa formativo que tres grupos de cubanos (especialistas en restauración de distintos materiales) harían en varios puntos de Italia.

Mi impresión inicial fue buena, y fue mejorando conforme avanzaban las horas, poco a poco las sonrisas y el buen humor cubano me fueron contagiando y aunque hubieron momentos en los que el cansancio me ganó, la experiencia fue, citando a uno de mis muchachos: “en dos palabras: im-presionante (o en cubano “de pinga”)”.

En roma entramos a algunos de los laboratorios de restauración más selectos, como los del Instituto para la Conservación y el Restauro (ISCR) y los Laboratorios de los Museos Vaticanos; tuvimos (y digo tuvimos, porque siendo restauradora yo también intervenía) charlas con personajes sumamente importantes en el ámbito, y nos dejaron entrar a lugares que están completamente cerrados al público, como la Domus Aurea y la Transitoria (en el Foro Palatino) o la Iglesia de Santa Maria Sottoterra, y nos llevaron a ver las bellezas que están exhibidas en la Galería Borghese (con sus Berninis y sus Caravaggios). El David de Bernini me dejó sin aire.

De Roma nos mudamos a Florencia, y aquí tuvimos un tour guiado por los Laboratorios de Restauración del Opificio delle Pietre Dure (OPD) y nos dejaron ver un Leonardo, un Beato Angelico y un Vassari que están ahí expuestos y en proceso de Restauro (cerquitita, al alcance de la mano, ¡ah!), nos dejaron ver la forma en la que trabajan el Comesso in Pietre Dure que es una de las cosas más increíblemente hermosas que he visto; se entró a varios museos, fuimos a un par de villas de los Medici; y después nos trasladamos a Milán que tuvo el momento “ok vida, te pasaste y me sacaste las de san Pedro”: nos dejaron subir al techo de la Catedral de Milán, a sesenta metros del suelo, con los pináculos y susesculturas marmóreas frías al tacto, el atardecer comenzando a pintar el cielo de rojos, la ciudad completa a nuestros pies…, una ensoñación y una experiencia única que me hizo pensar “algo debo haber hecho bien para que yo una muchachita salida de Chiapas esté ahora mirando al mundo desde lo alto de uno de los edificios más emblemáticos de Italia”; sí chillé de emoción, alegría y nostalgia y más emoción.

Bologna sin grandes sorpresas. Ravenna con los bellísimos mosaicos de San Vitale y Gala Placidia. Y luego “casa nostra” en Santo Stefano en Sessanio, un pueblito perdido en la montaña con el aire frío y limpio, un cielo estrellado por las noches y el espectáculo de la niebla compacta cubriendo una llanura bajo nosotros, bello de verdad. L’Aquila destruida e intentando levantarse poco a poquito y ya de vuelta a Roma y Florencia para empezar de nuevo.

Los paisajes italianos son maravillosos, la comida (aunque estuvo algo contenida) fue buena, el vino nunca nos hizo falta, los postres exquisitos, las sorpresas una después de la otra y siempre más maravillosas; pero lo mejor fue la compañía.

Al lado mío tuve a veinte cubanos que a pesar de las circunstancias y el cansancio sonreían todos los días, veían con ojos de niño chiquito el mundo que se presentaba ante ellos, y disfrutaban cada segundo del día con un corazón rebosante de alegría. Además de ellos tuve al menos a dos italianos (mamá gallina y el grillito) con quienes todos los días intercambiábamos al menos diez llamadas telefónicas y muchos mensajes para asegurar que la estancia de nuestros pollitos fuera lo más cómoda posible.

Tuvimos nuestras experiencias que por desagradables o incontrolables se volvieron después motivo de bromas y más risas. Como el “autista autístico”, que aunque era muy bueno manejando el bus, era re bruto para ubicarse (aún teniendo un navegador GPS), era malísimo con los tiempos y además le tenías que sacar las palabras a cucharadas. O la cena para ocho que confirmamos dos veces, que aparentemente estaba lista y que cuando llegamos, el restaurant no sabía cómo atendernos porque no se les había informado nada. O las carreras para asegurarnos que los choferes llegaran a tiempo por los grupos para llevarlos a los aeropuertos…, en fin, fueron miles de cosas.

Y ahora, mientras escribo esto en la tranquilidad de mi casa, debo decir que comienzo a añorar la vitalidad de veinte extraños que en un mes se robaron un pedazo enorme de mi corazón; extraño el ajetreo, los miles de mensajes, los mails y las llamadas que hacían que mi día fuera movido y frenético. No extraño tener que lidiar con los choferes o los meseros impertinentes que se creen que por ser latino tienes menos control del que en realidad se te ha conferido. Lo que sí me hace falta es ese grupo de gente que bromeaba y encontraba siempre la forma de hacerme soltar al menos una carcajada y una palabrota al día.

La experiencia se terminó, no el 28 de noviembre del 2015 después de bajarme del tren que me sacó de Milán; sino el 29 cuando alrededor de las diez de la mañana recibí una llamada para confirmarme que los pollitos estaban en la sala de espera del aeropuerto (sanos y salvos) esperando el avión que los llevaría de regreso a casa.

A mis veinte cubanos, gracias por ser las bellas personas que son, espero pronto poder reencontrarlos. A las agencias que me contrataron, gracias por regalarme la experiencia más genial del año (aunque la trabajé así que no se hagan guajes y páguenme). Y a la vida, el destino, Dios y quien quiera que me haya cuidado y ayudado a que esto se hiciera realidad, gracias por darme una razón para sonreír y permitirme confirmar que todos los sacrificios que he hecho para estar en donde estoy ahora han valido la pena.

Gracias, mil veces gracias. 

martes, 29 de septiembre de 2015

No soy un ángel.

Este relato es también un fanfic/one-shot de Candy Candy, so... enjoy. 


No soy un ángel.


―Puede parecer que estoy del lado de los ángeles, pero ¿qué te asegura que soy uno de ellos?

La gente cree que he cambiado. Ella cree que he cambiado. Que he dejado mi pasado de maldades y groserías atrás. Que finalmente he visto la luz y que me ha dolido ver la clase de monstruo que siempre fui. ¡Já!

Me fue sencillo hacerles creer que estaba arrepentido. Fue tan fácil convencerlos de que era un pobre muchacho malentendido y falto de amor, porque la gente siempre escucha lo que quiere escuchar. Una actitud redimida y penitente me fue suficiente para tener primero su lástima, luego su compasión y, poco a poco, eso que ellos llaman comprensión. Creo que incluso me he ganado su cariño.

¡Tontos todos! Y estúpida ella. No se da cuenta que la utilizo para recuperar mi fortuna y limpiar un poco mi nombre. Está segura de que todo lo que alguna vez le hice se debió a las demandas de mi hermana o a la desatención de mis padres.

¿A caso cree que mi amargura se podía curar con un balde de agua fría derramado sobre una niña a la que no conocía? ¿Piensa de verdad que robé aquellas rosas (para ella) con la simple intención de sentir que formaba parte de la vida de mis primos y después recibir los mimos de mi madre? ¡Me dieron una golpiza (por su culpa), no un abrazo! Y mi madre se limitó a consolarme, jamás me dedicó una palabra dura para mejorar mi carácter.

¿De verdad cree que todas las cosas que hice al lado de mi hermana fueron únicamente para sentir que había algo que nos unía, porque ella era la única persona a la que podía considerar mi amiga? ¡¿Para qué me sirven los amigos?! Siempre he sabido que nací para estar solo..., sin cariño ni atenciones. Sin nadie.

He tenido años para aprender a actuar de acuerdo a la situación que se me presente. 

Mis padres querían un hijo modelo, y ante sus ojos fui el mejor de todos. Mi hermana quería un compañero de travesuras, entonces me volví su peón. Mis primos querían alguien a quien odiar y como no podían volcar su desprecio en una dama (mi hermana) les di al más despreciable de los truhanes. Ella quería vivir en un cuento de hadas y toda buena historia siempre necesita a un villano; yo solo le di lo que necesitaba.

Generalmente, opto por el desapego y la falta de interés, pero cuando mi matrimonio se canceló el día mismo en que se anunciaba, se me exilió de la familia y todos se rieron de mí, decidí cambiar de papel y ser alguien que nadie esperaba. 

Primero fui un perro apaleado con la cola entre las patas: dolido y con el orgullo herido, oculto de todas las miradas burlonas del mundo. Después…, después…, después fui muchas cosas: El pobre tonto al que madre y hermana repudiaron públicamente (ese fue particularmente bueno, nadie se enteró de que fui yo quien se alejó de ellas); el humillado niño rico que comienza desde cero (un antiguo socio de mi padre ofreció contratarme como recadero en una empresa que apenas comenzaba); el hombre creativo que fue ignorado en una familia de banqueros (alguien finalmente escuchó mis ideas y consideró que podían tener éxito). 

Sin darme cuenta pasé de valer nada a ser relativamente importante (por mérito propio) en una empresa que nada tenía que ver con el apellido de abolengo de la familia que me negaba. 

Fue en ese entonces cuando la volví a ver. Ella siempre sonriente, ahora heredera de una gran fortuna; y yo casi un Don-Nadie enfundado en mi amargura, trabajando horas extras como gerente creativo de una empresa que iba en asenso. 

Me miró con recelo, y yo tuve que esforzarme para bajar la mirada, morderme los labios y no gritarle lo mucho que la odiaba. 

Ella había destruido mi vida y era yo quien tenía que ponerse en el banquillo de los acusados. Fue casi como si sus ojos me dijeran: “sí, la culpa es mía, y puedo dársela a quien se me dé la gana”.

Por muchos minutos mantuve los ojos fijos en el piso, mi jefe preguntó si había algún problema, ella sonrió y negó con la cabeza. Yo me tragué mi odio, fingí que no era ella quien me escuchaba, presenté mi idea y ante su sorpresa, mi labor resultó ser buena. 

Comenzamos a trabajar juntos. Ella me decía todos los días lo que su loca cabecita (llena de magia y esperanza) quería, y yo me esforzaba en aterrizar cada palabra en una campaña publicitaria que no fuera descabellada.

Gracias a mi trabajo (o quizá sea nuestro) su clínica comenzó a ganar clientes rápidamente. El orfanatorio empezó a recibir donativos. Y luego vino el banco. 

Pasábamos horas juntos. Ella con su chispeante energía (agotador) y yo con mi adusto carácter. Día a día, ella venía con su mejor sonrisa, con ideas absurdas y yo la recibía siempre con silencios que ocultaban mi desprecio y mi humillación. 

Nunca le pedí perdón (¿por qué habría de hacerlo?). Ninguno hablaba del pasado, parecía que ella había olvidado todo, incluidas las muchas deshonras que me había regalado. 

Y un día descubrí mi nuevo papel: el hombre redimido, el alma en pena, el pobre penitente. Así me veía ella y la dejé hacerlo porque eso me hizo acreedor a un mejor salario, a un regreso paulatino a la familia y, sorprendentemente, al aparente respeto de los que me habían repudiado (incluidas mi madre y mi hermana, pero yo ya había dejado de necesitarlas).

Me gané su respeto, me gané su confianza y una mañana, con una de sus tantas espontaneas y tontas ocurrencias, ella me ganó una batalla: me hizo reír, sincera y abiertamente. Una risa de verdad. Una que no sabía siquiera que podía salir de mí. Me miró con sorpresa, con cariño y añoranza. Rió conmigo, después se acercó unos pasos, alzó una mano, acarició mi rostro y sin darme tiempo a reaccionar me besó. Sí, ella me besó. A mí que tanto la odiaba. Me besó con ternura y sin resentimientos. Y yo…, yo respondí su beso, con temor y un poco de recelo. 

La odiaba por todo lo que me había hecho sufrir, y no quería que volviera a arruinar mi vida. La había odiado por tantos años. Y ahora la odiaba más porque yo sabía ya quién era. Sabía ya que estaba destinado a estar solo. Que vivir sin esperanzas era la mejor manera de vivir. Había dejado atrás el papel de villano y me sentía cómodo siendo mi nuevo yo, no quería buscar ser alguien más. La odiaba aún más por darme esperanzas. La odiaba porque me había hecho reír. La odiaba porque me estaba haciendo feliz. La odiaba. Con todo el corazón y el alma entera ¡la odiaba! 

Pero ella me besó, y entre besos me dijo que se estaba enamorando del hombre que ahora era, del nuevo personaje que me había creado: el hombre bueno que ahora trabajaba para remediar los errores de su pasado. Y no pude contenerme más.

―Estás equivocada ―dije bajando la vista, y alejándome un par de pasos de ella.
―No, no lo estoy. He visto quién eres de verdad. ―“Este no soy yo”―. Eres bueno, eres inteligente, eres dulce, pero no sabes cómo serlo.
―No, no lo soy.
―Neal.
―Esto no ha sido más que un acto. Necesito el trabajo y me agrada lo que hago. Necesito el dinero. Yo…
―No eres malo ―“tampoco soy bueno”.
―No me digas que finalmente viste detrás de mi amargura y has descubierto que soy una persona incomprendida. No seas esa clase de persona estúpida. Sé que eres tonta, pero no eres estúpida.
―Yo…
―Sé que piensas que he hecho todo lo que he hecho buscando la atención de mis padres. Que nunca supe cómo expresar cariño porque jamás lo tuve. Que…
―¡Sh! ―dijo acercándose de nuevo, poniendo su mano en mi mejilla y haciéndome verla de nuevo―. Yo sé que eras alguien distinto. Pero has cambiado.
―Es un acto ―dije en un susurro.
―No. No lo es. Finalmente descubriste quién eres. Y eres maravilloso. Pero tienes miedo.
―¿No me digas? ―dije irónico―. Y puedo saber ¿miedo, a qué?
―A ser feliz sin la atención de tu familia ni la aprobación de los demás. A ser un hombre talentoso que no necesita de un apellido para forjarse un buen futuro. A ser bueno. A ser tú ―no podía verla a los ojos, pero al escuchar su voz conciliadora percibí su sonrisa.
―Puede parecer que estoy del lado de los ángeles, pero ¿qué te asegura que soy uno de ellos? 
―¿Y quién te asegura a ti que no lo eres?
―Candy, yo… No soy bueno.
―¿De acuerdo a quién? ¿A tu madre? ¿A tu hermana?
―A ti ―susurré―. Me lo dijiste hace muchos años y jamás he podido olvidarlo.
―Porque hace muchos años creí que era cierto. Porque hace muchos años lograste hacerme llorar en muchísimas ocasiones.
―Hacerte llorar siempre ha sido sencillo ―sonrió.
―Pero ahora eres distinto.
―Yo no estaría tan seguro.
―Pero yo sí. Te he observado por semanas, he compartido horas de tu trabajo. He visto cómo piensas, cómo descubres y cómo desarrollas. He visto la paciencia con que escuchas mis descabelladas ideas y les das forma; he visto la pasión con la que explicas tus ideas. Te he visto a ti.
―No soy lo que necesitas.
―¿Cómo?
―No soy Terry, ni Albert, ni Anthony.
―¡Claro! Porque eres un estúpido y un necio.
―Y también puedo ser cruel, ¿recuerdas?
―Si quisiera estar con Terry o Albert estaría con alguno de ellos, ¿no te parece? Pero estoy aquí, contigo.
―Porque Anthony está muerto.
―Y porque tú estás vivo, y eres real, y te quiero.
―No soy un ángel.
―¿Y quién demonios te dijo es un ángel lo que quiero?

Entonces levanté la vista y sus ojos se fijaron en los míos. Ella ya no era la niña llorona a la que disfrutaba molestar. Y yo ya no era el pobre niño rico que solo necesitaba a alguien con quién jugar. La vida había sido dura con ambos; a ella la había hecho más fuerte y hermosa y a mí me había dado la oportunidad de interpretar mi mejor papel: yo. Y en el camino nos había dado una segunda oportunidad.

No, no soy un ángel, pero en ese momento, refugiado en sus brazos, con sus labios acariciado los míos, sentí que se me concedía la oportunidad de tocar el cielo.


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